Sombrero de pluma
Rata ratera
A Paloma se
le estaba zafando de sus alas. Las plumas eran un gran impedimento para
sostener algo, más inútil se volvió su pico. A pocos momentos de que se cayera,
Palomo volvió en sí después de un espanto fatal del pequeño huevo que habían
engendrado. Cuando se dio cuenta, literalmente estaba colgando de cabeza,
extendió sus alas y regresó al nido. No obstante, el gusto de volver se vio
interrumpido por la noticia recibida hace poco.
- ¿Qué vamos a hacer? – preguntó Palomo
- Brr, lo único que hacer, brr.
- ¿Dejarlo con el veterinario? – deseoso
- No seas idiota, brr – enojada –, vamos a cuidarlo, brr, total ¿Qué son dieciséis días? Brr.
- ¿Nace en dieciséis días?
- Eclosiona, brr, de ahí habría, brr, que cuidarlo, brr, y alimentarlo, brr, y sus cuidados.
- Como que iré de nuevo con el veterinario.
- Brr ¿Para qué? Brr.
- Para que me capture y no tenga que cuidar a ese huevo.
- Brr, no empecemos de, brr, nuevo.
- Está bien, está bien, no pelearé contigo.
- Y brr, ¿Cómo le llamaremos? Brr.
- Si es hembra Paloma junior y si es macho Palomo segundo.
- Brr, no me gusta ninguno, brr, hay que darle, brr, un mejor nombre.
- ¿Cómo le quieres poner?
- Ahí está, brr, el detalle, brr, no lo sé.
- Te parece que vayas a dar una vuelta para que te distraigas un poco, si quieres ve a ver los niños y conseguir dulces, ves que hoy es donde dan muchos dulces.
- Sí, brr, ¿Por qué lo harán? Brr.
- Quizá por gentileza o porque tienen muchos.
- Brr, no lo creo, brr, pero sí me voy, brr, a volar por paletas.
- Vuela con cuidado, yo cuido al huevo.
- No vayas a, brr, desaparecerlo, brr, o si no, brr, te voy a desaparecer a ti.
- Como si no me conocieras, Paloma.
- Brr, te lo digo porque, brr, te conozco. Bueno, brr, me voy.
- Con cuidado.
Paloma salió del nido mientras que Palomo se
puso enfrente del huevo, lo observó por mucho tiempo hasta que le empezó a
hablar como si estuviera escuchándole perfectamente y pudiera contestarle. Así
que tú eres el huevo, ¿Qué se siente estar allá adentro? – preguntándole.
Voces
de niños y jóvenes, adultos y ancianos se escuchaban hasta dentro del nido sin
tener ninguna respuesta del huevo. Que idiota estoy, ¿Cómo creo que un
simple huevo me va a escuchar? No es como si le dijera que golpee el huevo para
que me escuche – replicó. De pronto un pequeño golpe en el huevo se hizo
presente al terminar la oración de Palomo, como si realmente le estuviera
escuchando alguien allá adentro. A ver, da otro golpe si me puedes escuchar –
dudoso. De nuevo se escuchó un crujido y un golpe dentro del huevo. Estoy
sintiéndome muy extraño, pero creo que sinceramente me pudieras caer muy bien.
No le vayas a decir a Paloma, pero yo te quiero mucho y no dejaré que nada te
pase, sé que digo bromas del que no te quiero y sus similares, pero no es así. Te quiero mucho.
Lo abrazó momentáneamente y de repente escuchó que muchos dulces se
cayeron, se asomó y era un verdadero festín de dulces y palomitas, lástima que
Paloma se perdiera de este bufete por andar en quien sabe dónde. Palomo se
abalanzó sobre las palomitas dejando al nido con el huevo y la menor
preocupación eran las hormigas, el verdadero peligro que acechaba eran las
ratas o los gatos y en esta noche fría las ratas habían salido de las coladeras
por el olor de tanta comida.
De una coladera salieron dos ratas negras con cola café, dientes horriblemente
largos y filosos, una de ellas no tenía un ojo porque lo perdió en una pelea
contra otra rata, se iban a abalanzar sobre los dulces que estaban tirados,
pero había mucha gente a su alrededor, antes de volver a la alcantarilla una de
ellas olió el nido donde estaban el huevo.
- ¿Hueles eso? – dijo una de las ratas
- Nada más huelo los dulces – replicó la otra
- Huele bien, hay un huevo de ave.
- ¿Dónde?
- Me imagino que en esa jacaranda así que hay que subir.
- Y ¿Si están las palomas?
- No lo creo, subamos a echar un vistazo.
Ambas subieron
a la jacaranda, una se quedó en una rama debajo del nido esperando escondida y
pacientemente en lo que la otra subía a robarse el pequeño huevo indefenso. La
segunda rata pudo subir y una vez que estaba en el nido tomó el huevo con sus
patas delanteras, estaba dispuesta a aventarse para irse con el huevo. En ese
momento llegó Palomo.
- Mira pequeño, pude conseguir estas palomitas, pero saben del asco… – vio a la rata – ¿Quién eres tú?
- Un pobre que quiere comer una vez – contestó la rata
- ¡Deja a mi huevo en paz! – amenazó Palomo
- ¿O qué? – reprochó la rata
- ¡No querrás conocerme!
La rata se abalanzó
a Palomo, él quedó abajo y sus alas le protegían de los arañazos que lanzaba a
destajo la rata. Palomo la lanzó fuera del nido quedándose inmóvil por unos
valiosos segundos los cuales aprovechó Palomo y con una rama salió a
picotearlo. La otra rata aprovechó para meterse y robarse el huevo, todo iba
bien hasta que el hambre de la rata fue más que su propia voluntad. La baba brotaba a destajo. En un movimiento rápido y con sus afilados dientes rompió el cascaron del tan
indefenso huevo. El nido se cubrió de sangre y otros líquidos innombrables.
Palomo regresó al nido y descubrió infraganti a la rata cometiendo su acto tan
vil. ¡MALDITA
RATA! –
gritó Palomo.
Palomo se abalanzó
sobre la rata y empezó a picarle, arañarle y a desgarrarle lo que podía. En un
movimiento Palomo, con una fuerza tremenda, llevó a la rata a un lugar más alto
que el propio árbol de jacarandas y lo lanzó a unos basureros con muchos
vidrios rotos. Mientras caía, sus chillidos de comenzaron a hacerse presentes.
En caso de que la caída no lo matara, lo harían los gatos bodegueros que ahí
estaban. Regresó a su nido y vio todos los restos, las hormigas aprovecharon
para deleitarse con un huevo revuelto. No pudo contenerse y soltó algunas
lágrimas de desesperación e impotencia.
Regresó Paloma muy entusiasmada porque fue a la
calle donde vivía Ceferino y los vio, pero al ver el nido se le borró la
felicidad.
- ¿Qué hiciste aquí, Palomo? – preocupada
- Me atacaron dos ratas – sollozando
- ¿Qué pasó?
- Fui por unas palomitas tiradas, cuando regresé una rata me atacó y pude deshacerme rápido de ella. Cuando volví de nuevo otra rata estaba comiendo al huevo y la lancé a los contenedores de los gatos.
- ¿Por qué no estuve aquí?
- Aunque estuvieras estado tú y yo, nos hubieran atacado igual.
- No se hubieran comido el huevo.
- Tal vez no, pero nos hubieran comido a alguno de los dos.
- Tienes razón, pero me duele de todas maneras.
- Ven Paloma, a los dos nos duele esto
Ambos se abrazaron y empezaron a llorar por la muerte del pequeño huevo que apenas
iniciaría su larga vida.
Décimo sexto capítulo: Sombrero de pluma. Capítulo 16. (plumaalaireescritores.blogspot.com)
Décimo octavo capítulo:
Créditos: Doctor Suavecito
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