Costas II. Cuadragésimo tercer microrrelato.

Costas II

Para fortuna mía no morí en la travesía al llegar a la segunda isla, parece que los animales marinos habían quedado extasiados con la caza por la tormenta o quizás simplemente fue suerte.
En esta hay animales que solo imaginé en mis sueños. Creo haber visto unas ranas luminiscentes de colores que son imposibles para poder describirte todos ellos. Aquí hay depredadores agresivos, pero no son tan inteligentes como las ardillas quienes se organizaron para amarrarme con el gran cocotero.
Aquí también encontré una criatura sumamente extraña. Es un lagarto veloz, tiene una aleta dorsal roja como la sangre, sus ojos amarillos como si tuviera hepatitis. En su cola tenía un aguijón venenoso, ¿Cómo lo sé?, bueno, vi como cazó a otra criatura la cual se puso multicolor al morir.
Al tratar de escapar, me lastimé y llegué a un riachuelo con un lago tranquilo. Junto a esos cuerpos de agua encontré frutos bastante pequeños. Comí un par y alivió mi malestar.
Cerca de ahí estaba un guaje (pule) seco, tomé agua y llevé un par de frutos. Para después me servirán.
Pude estar en una planicie. Comencé a correr por un temblor repentino que se escuchó cerca de mí. Un animal acorazado venía detrás mío, parecía enojado o curioso. Emitió un rugido y subí a un árbol. Al parecer estas criaturas no pueden mirar hacia arriba. Poco a poco fui acercándome y le di un par de frutos que recogí, su actitud cambió drásticamente.
He de aquí que me pregunto: ¿Por qué si una criatura “irracional” pudo cambiar su actitud e incluso estar ameno hacia mí, tú por qué volviste más seca y agresiva ante el amor que tanto te doy?
Graciosamente dejó que lo montara, me llevó hasta la otra costa, él rugió y se perdió entre la vegetación. Ahora tendría que irme a la tercera isleta la cual es desértica igual que el amor ahora presentado por ti...


Créditos: Dr. Suavecito.

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