IKKIAL
Capítulo I. Los fragmentos de IKKIAL.
A pesar de que el eco de un grito podía escucharse de una frontera a otra, las distancias en Ikkial no se medían en lenguas, sino en abismos culturales. Había lenguas en sus valles tan ajenas entre sí como el maya del árabe, y fronteras invisibles que ni el comercio lograba disolver. El mundo conocido se fragmentaba en cinco grandes cicatrices de tierra firme, sin contar las islas menores que orbitaban a su alrededor como astros caídos.
Al norte, donde los inviernos no perdonaban, se alzaba Whola. Un territorio bendecido por un lago colosal apto para las pesquerías y los deportes acuáticos, pero maldecido por vientos tan feroces que eran capaces de congelar, en mitad de su marcha, a los imponentes mamuts lanudos que pastaban en la escarcha. Whola no conocía coronas ni cetros; se gobernaba bajo la mirada severa de un consejo de ancianos justos elegidos por los barrios, hombres sabios que se sentaban a parlamentar con los tiranos del exterior.
Cuentan las tabernas de los puertos que, en una de las islas más remotas de Whola, vivía un viejo marinero políglota. Su nombre se pronunciaba con respeto: gracias a su elocuencia y a sus hazañas, Ikkial había gozado de cuatro décadas de paz ininterrumpida, pues era el único capaz de convencer a los gobernantes de no matarse entre sí. Pero una mañana de invierno, cuando la neblina marina se volvió más densa y oscura que la sangre coagulada, el viejo partió en su barca hacia el exilio absoluto, sin que nadie lograra descifrar jamás el motivo de su huida.
La paz que dejó atrás era frágil, amenazada siempre por Barború. Era el más pequeño de los territorios, pero el más temido. Sus habitantes eran bárbaros sedientos de gloria militar, estrategas implacables con un ejército poderoso que compensaba la estrechez de sus fronteras. Obsesionados con la conquista, los clanes de Barború habían intentado morder una y otra vez las fronteras de Kiik, el gran continente. Sin embargo, el orgullo de los bárbaros se había estrellado contra la selva indómita del norte de Kiik, donde las grotescas criaturas nativas devoraron sus ambiciones. Orgullosos y huraños, los hombres de Barború solo encontraban alianza y simpatía en los Guarandos, los habitantes de las pequeñas isletas vecinas.
Kiik, en cambio, era el verdadero coloso de Ikkial. Extenso y próspero, limitaba al norte con la selva indomable y al sur con la tundra eterna. En su corazón central se erigía el gran reino, custodiado por el puño de hierro y la gracia del rey Émsoloý. Bajo su mando, Kiik no solo había repelido las invasiones de Barború, sino que se había convertido en el eje comercial del mundo, manteniendo rutas vivas con Whola y con la opulenta Zaurax. Su ejército era apenas el tercero en poderío militar, pero su riqueza y su diplomacia sostenían el orden del mapa.
Zaurax, por su parte, pudo haber sido la reina de Ikkial. En sus islas se escondían los yacimientos de metales y piedras preciosas más abundantes que la tierra hubiese engendrado jamás. Pero la riqueza es una fruta que atrae a los cobardes. Sántus, el antiguo gobernador de Zaurax, vendió los territorios mineros a Kiik para comprar una paz barata y evitar futuros conflictos. Aquella traición sepultó su legado; Sántus se convirtió en el nombre más odiado por su pueblo. Generaciones después, la monarquía de Zaurax cayó, y hoy en día, su tataranieto intenta gobernar sobre las cenizas del rencor, buscando desesperadamente romper los lazos comerciales con Kiik para recuperar el orgullo perdido.
Más allá de los reinos conocidos, en los márgenes del mapa, existía una quinta región de la que solo se hablaba en susurros. Un vasto territorio fantasma del cual solo se divisaban las costas ensangrentadas, siempre envuelto por el indescifrable “Mar de la Niebla”. Cada pueblo le daba un nombre distinto, pero todos coincidían en llamarlo el “Extraño Extranjero”. Reyes ambiciosos y generales soberbios habían enviado flotas acorazadas y ejércitos enteros a conquistar sus playas; ninguno regresó jamás.
El único hombre que pisó aquella tierra maldita y volvió para contarlo fue el viejo marinero de Whola, justo antes de perderse en su exilio. En las callejuelas bajas de los reinos se rumoreaba que la misteriosa bruja que aconsejaba al rey Émsoloý en Kiik provenía de ese lugar detrás de la niebla... pero nadie se atrevía a preguntárselo.
El escenario estaba dispuesto, las piezas colocadas sobre el tablero irregular de Ikkial. Y fue entonces cuando la verdadera aventura comenzó a congelarse en el norte…
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