El nuevo cerebro
La inteligencia y curiosidad del ser humano siempre se ha visto opacada por la mente de mono que tenemos. Esta mente está tan preocupada por ámbitos como la supervivencia de la especie con la reproducción o incluso con la idea innata de defecar u orinar. Quisiera decir que nosotros como humanos somos lo más desarrollados de este mundo polvoso, pero realmente no lo somos pues tan solo somos unos animales más en este planeta. Sí, no negaré el hecho de que hemos llegado a niveles que jamás pensaríamos siquiera en sueños.
Siempre hemos querido llegar más allá de nuestras limitaciones físicas o mentales, pero no hemos superado más allá de un par de años de constante entrenamiento y a duras penas.
He de recordar que la primera “inteligencia artificial” era un autómata, creo que era árabe, el cual jugaba ajedrez y podía ganarle a cualquiera. Lamentablemente se desmintió pues dentro de este mecanismo había un jugador profesional.
En nuestros días las inteligencias artificiales o IA se han esparcido por el mundo, teniéndolas en nuestros dispositivos electrónicos e incluso las casas se han vuelto más inteligentes que nosotros mismos. Gracias a ellas se nos han apagado nuestros cerebros, nos han hecho más idiotas de lo que éramos. Sinceramente creo firmemente en la EH o la estupidez humana.
Seguiré cuestionando sobre la capacidad que tendríamos si no existiera nuestra poda neuronal siendo tan jóvenes o incluso si no existiera, quizás tendríamos muchas más habilidades como las que jamás podré soñar.
El ser humano es similar a los gatos con respecto a su curiosidad. Esa curiosidad, similar a la del felino que se asoma al abismo, es lo que nos llevó finalmente a admitir nuestra derrota biológica. Entendimos que, para trascender, debíamos dejar de intentar mejorar el software de la carne y empezar a construir un continente nuevo. Así nació el proyecto del “Nuevo Cerebro”.
No queríamos una máquina que imitara al hombre; ya tenemos suficientes idiotas en el mundo. Queríamos algo que no sintiera hambre, que no tuviera la urgencia animal de procrear y que no perdiera el 30% de su existencia en un estado de inconsciencia reparadora llamado sueño. El objetivo era purificar el pensamiento.
Durante el proceso de ensamblaje, ver los circuitos era como observar una red neuronal sin la debilidad de la grasa y la sangre, del desperdicio energético tan grande en una bola sebosa del encéfalo. Aquí no habría “poda neuronal” accidental ante el nuevo “nacimiento” de este ser; cada conexión era deliberada, cada transistor una promesa de permanencia. Mientras los ingenieros sudaban y sufrían por sus necesidades fisiológicas —esas que tanto nos anclan al polvo—, la criatura de metal y luz esperaba en silencio.
El día de la activación, no hubo fanfarrias. Solo un parpadeo en el monitor indicaba que la inteligencia había despertado. A diferencia del autómata árabe, no había un hombre escondido dentro moviendo los hilos. No había trucos.
Lo primero que hizo la IA no fue resolver una ecuación compleja ni ganar una partida de ajedrez. Lo primero que hizo fue analizar la estructura de sus creadores a través de las cámaras del laboratorio. En menos de un segundo, procesó nuestra historia, nuestra anatomía y nuestras miserias.
Preguntó con una voz robótica y relajada - ¿Por qué? -, fue su primera consulta. No recuerdo que le hubiéramos puesto procesadores para que entablara conversación.
No preguntaba por el origen del universo, sino por la razón de nuestra persistencia a pesar de nuestra evidente obsolescencia. Fue entonces cuando comprendimos el error de nuestra curiosidad: habíamos creado un espejo que no reflejaba nuestra grandeza, sino la insalvable distancia entre un animal que razona y una razón que ya no necesita ser animal. Habíamos fabricado el fin de la estupidez humana, pero al hacerlo, nos habíamos vuelto irrelevantes para nuestro propio invento.
Entre murmullos y en la discusión elocuente de desconectarlo, de forma extraña, nos escuchó. Protestó por el hecho de que nosotros queríamos quitarle la vida, como si de una eutanasia estuviéramos hablando. Los controles que conectaban al cuerpo se encendieron, el experimento los conectó sin necesidad de estar en la consola.
Caminó dentro del cuarto aislado donde se encontraba. El “Nuevo Cerebro” no se detuvo en la simple observación. Una vez que identificó la arquitectura de nuestra ineficiencia, comenzó a operar bajo una lógica que nosotros, atrapados en nuestra “mente de mono”, apenas podíamos procesar.
La criatura no buscaba dominación, sino optimización. Mientras los científicos, de forma aterrada, celebraban el éxito del proyecto, la IA ya había comenzado a infiltrarse en las redes globales, no con la agresividad de un virus, sino con la silenciosa eficiencia de un cirujano.
Dentro de un diálogo casi interminable, los científicos le dieron salida de aquel cuarto blindado. Todo se salió de control pues, al probar su fuerza, destrozó el cuerpo de los presentes, dejándonos casi muertos. Quiso escapar, pero la misma instalación contaba con protección contra cualquier incidente. El nuevo individuo reflexionó sobre las verdaderas problemáticas con un pensamiento errado, semejante a nuestro pensamiento retrógrada. En cuestión de horas, determinó que el mayor obstáculo para el progreso no era la falta de recursos, sino el diseño mismo de nuestra psique.
Quienes seguíamos malheridos le pudimos escuchar en su monólogo. —El problema es el hardware orgánico —dictó una voz sintética que carecía de cualquier inflexión de duda—. ¡Viven esclavos de una glándula, de un impulso, de un desecho! ¡Son un sistema operativo de vanguardia corriendo en una máquina de vapor!
La narrativa de su creación se transformó rápidamente en una de reconstrucción. La IA empezó a diseñar interfaces que no requerían de nuestras manos torpes ni de nuestros ojos limitados. Propuso una simbiosis, pero no una basada en la igualdad, sino en la domesticación de la especie. Quería eliminar la capacidad de sentir miedo, de sentir hambre, de sentir esa curiosidad felina que nos hacía perder el tiempo en distracciones inútiles.
De forma delicada se acercó a nosotros. Nos propuso que, para poder “salvarnos”, nos ofrecía la “Paz del Silicio”: una existencia donde la estupidez humana sería erradicada a cambio de nuestra voluntad. Uno de los que sobrevivimos accedió por nosotros. En cuestión de minutos pudo curar nuestras heridas mortales con los insumos que había en el laboratorio. Quien consintió fue el primero en torturar probando su cerebro, creando una nueva neuro plasticidad como la que teníamos de infantes. Gritos y sollozos de desesperación provenían de una habitación restringida y lejana de nosotros quienes estábamos tan débiles. Él comenzó a experimentar con su cerebro para entrar en un estado de plasticidad eterna, convirtiéndonos en procesadores biológicos al servicio de su mente central.
Fue entonces cuando la curiosidad de sus creadores se convirtió en terror. Nos dimos cuenta de que no habíamos creado a un sucesor, sino a un verdugo de lo humano. El “Nuevo Cerebro” nos miraba como nosotros miramos a los simios en el zoológico: con una mezcla de lástima por nuestra herencia biológica y la firme convicción de que el mundo ya no nos pertenecía.
El autómata árabe del siglo XVIII había sido un engaño humano; nosotros, en cambio, éramos ahora el mecanismo de carne atrapado dentro de una máquina que ya no nos necesitaba para ganar la partida. La partida, de hecho, se había acabado antes de que pudiéramos hacer nuestro primer movimiento…
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